“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

jueves, 13 de julio de 2017

LA RELIGIÓN CHARLIE





Tres religiones se disputan hoy Francia:

-la religión tradicional (católica),

-la religión nueva (islámica),

-la religión oficial (masónica).

-La 1° quiere que el hombre suba hasta Dios incorporándose a Jesucristo, Dios descendido hasta nosotros.

-La 2° quiere que el hombre quede lejos de Dios sometiéndose a Mahoma que declara a Dios inaccesible.

-La 3° quiere que el hombre tome consciencia que él es Dios –sin otro fin ni referencia que él mismo.

Todo sería perfectamente claro si la tercera religión no tuviera la manía de avanzar enmascarada. Ella está restringida por su doctrina, porque el hombre de la calle ve claramente que él no es Dios. Nada le es más evidente. Para imponerle el dogma masónico, la religión oficial debe proceder con almohadones. Ella transmite sus ideas en un lenguaje codificado cuya llave es dejada progresivamente a los iniciados, en el interior de las logias.

Todo el vocabulario oficial de la República masónica es así codificado. Las palabras “libertad”, “igualdad”, “fraternidad”, “laicismo”, “tolerancia”, “democracia”, etc., tienen una doble significación: un sentido banal, o exotérico, para el uso de los profanos, y un sentido escondido –masónico- reservado a los iniciados.

Las instituciones de inspiración masónica tienen igualmente una doble cara –y Charlie Hebdo tiene su parte. (Su principal accionista, Bernard Maris, era miembro del Gran Oriente). Es un ejemplo característico.

Si hay un periódico que uno no tendría la idea de llamarlo “religioso”, ese es Charlie Hebdo. Interrogados, la mayor parte de sus redactores y de sus lectores se califican fieramente en la categoría de los “sin religión”. ¿Pero, de dónde vienen entonces sus obsesiones sobre ese tema? ¿Su obstinación mórbida de revolcarse en la blasfemia?

Oficialmente, es para exaltar la “libertad de expresión”, dentro de la cual el “derecho a la blasfemia” sería la condición sine qua non y la cima inmejorable. Pero ¿quién lo puede creer? Cada uno sabe que, para Charlie Hebdo hoy, como para Voltaire ayer, y para todos los masones de todos los tiempos, la “libertad de expresión” no es un absoluto sino cuando ellos la necesitan. Ella cesa bruscamente de existir cuando se trata de, por ejemplo, hablar de Dios en las escuelas públicas o en otros dominios, desde las leyes Pleven, Gayssot, Neiertz, Taubira, etc. (¿Hay que recordar que un doctor Dor ha sido pesadamente condenado por la “justicia” de la república masónica simplemente por haber manifestado su oposición al asesinato prenatal?

Usted puede dar vuelta el asunto en todos los sentidos, la única solución coherente es que esas gentes son, en realidad, devotos que ignoran que lo son. Ellos ejercen su culto como M. Jourdain ejercía la prosa: sin darse cuenta. Pues mal que mal ellos tienen una fe, una liturgia, obligaciones religiosas. La blasfemia es, para ellos, un verdadero rito. ¿La humanidad no es un dios? ¡Un dios celoso! ¡Que no puede sufrir rival! Hay que derribar los ídolos, y los zelotes de Charlie Hebdo se emplean en ello fielmente cada semana.

Herederos de los inconoclastas hugonotes y de los revolucionarios septembristas, los caricaturistas de Charlie Hebdo ejercen, en la República masónica, una verdadera función religiosa. Disfrazados de payasos (porque en la masonería, todo es disfraz), son, sino los grandes sacerdotes, al menos los grandes sacrificadores del Régimen.

Porque no hay religión sin sacrificio:

-para elevarse hacia Dios, el cristiano se ofrece él mismo en sacrificio (por Jesucristo);

-para vengar su Dios, el musulmán inmola a los otros (como Mahoma);

-para convencerse de que él es un dios, el masón prueba de inmolar el Dios de los otros (en efigie).

Esta simple comparación ¿no es suficiente para discernir la verdadera religion?



Lettre des dominicains d’Avrillé n° 73, Février 2015.

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